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Ciencia, verdad, «narrativas» y desacuerdo racional

» – ¿Y qué es la verdad? – preguntó Pilato. Dicho esto, salió otra vez a ver a los judíos.» (Jn, 18:38)

El alquimista (David Teniers el Joven, 1640-1650)

Introducción
Imaginemos que alguien dice que la Tierra es plana. ¿Qué tipo de pruebas aceptaríamos? ¿Valdría un video de redes sociales? ¿La experiencia personal? ¿Haríamos un experimento? ¿Analizaríamos el consenso científico sobre la materia?
Responder parece fácil. Pero esa facilidad depende de algo previo: que compartimos ciertos criterios para distinguir entre afirmaciones mejor o peor justificadas.
En las últimas décadas, los debates sobre ciencia y conocimiento han estado marcados por una creciente desconfianza hacia conceptos como verdad, objetividad o racionalidad. Muchas corrientes críticas han cuestionado con razón la imagen ingenua de una ciencia neutral, ahistórica y ajena a relaciones de poder. Esa crítica era necesaria. El problema aparece cuando esa crítica se transforma en otra cosa: en la idea de que no existen criterios razonables para evaluar afirmaciones empíricas; en que toda forma de conocimiento es simplemente «una narrativa entre otras»; o en que pluralidad significa equivalencia. No se trata de atribuir esta tesis a autores específicos, sino de señalar una deriva discursiva en ciertos contextos, donde la crítica a la neutralidad científica se traduce en una desconfianza generalizada hacia cualquier pretensión de validez intersubjetiva.
En este post se analiza, de forma introductoria, algunas manifestaciones del relativismo epistémico fuerte en debates contemporáneos sobre ciencia, distinguiéndolas tanto del pluralismo metodológico como de la sociología crítica del conocimiento. Se sostiene que la confusión sistemática entre los planos ontológico (¿qué existe?), epistemológico (¿cómo lo conocemos?), sociológico (¿quién produce el conocimiento y en qué condiciones?) y normativo (¿qué deberíamos hacer con el conocimiento?) debilita el pensamiento crítico que dichas corrientes aspiran a promover y genera efectos institucionales problemáticos. Frente a ello, se defiende una posición de realismo crítico, compatible con la tradición de la teoría crítica, que puede inscribirse en tradiciones que intentan compatibilizar falibilismo, análisis sociológico y normatividad pública.

Delimitación conceptual: relativismo, pluralismo y crítica
Conviene aclarar que las reflexiones que siguen no se dirigen contra tradiciones teóricas específicas ni contra el conjunto del pensamiento postmoderno, sino contra determinadas prácticas discursivas que, bajo la bandera del relativismo, diluyen los criterios de verdad.
Esto se produce cuando la crítica a la neutralidad científica se transforma en una desconfianza generalizada hacia cualquier pretensión de verdad; cuando la atención a los contextos deriva en la idea de que no existen criterios razonables para evaluar afirmaciones empíricas; o cuando la pluralidad de perspectivas se interpreta como equivalencia entre explicaciones incompatibles.
Un ejemplo claro es la afirmación de que la ciencia contemporánea no es más que una «etnociencia occidental», equiparable (o incluso inferior) a otros sistemas de conocimiento, definidos en términos de cosmovisiones culturales o ancestrales, mejores cuanto más antiguos o menos «contaminados» por Occidente y sus valores. Reconocer el valor cultural o práctico de determinados saberes tradicionales es perfectamente razonable. Lo problemático es su equiparación automática con teorías científicas sin criterios explícitos de contraste empírico o coherencia ante explicaciones contradictorias. Por ejemplo, el conocimiento tradicional de los pueblos indígenas sobre plantas medicinales (como el uso de la quinina por los quechuas para tratar la malaria) puede complementar la farmacología moderna, pero su eficacia debe evaluarse con métodos científicos (ensayos clínicos, análisis químicos).
Este desplazamiento hacia un relativismo epistémico fuerte no es una consecuencia necesaria del pensamiento postmoderno, pero presenta una deriva observable, que puede acabar desembocando en expresiones despectivas hacia la ciencia y los científicos en general, tales como «ciencia oficial», «soberbia intelectual», «sumisión al poder», «violencia», «colonialismo intelectual», «dogmatismo», o «depredación», entre otros. Términos que, por otra parte, pueden localizarse tanto en análisis académicos rigurosos como en determinadas manifestaciones políticas, sociales o culturales. Por relativismo epistémico fuerte caber entender la tesis según la cual no existen criterios intersubjetivos no arbitrarios para preferir una explicación empírica sobre otra incompatible.
Llegados a este punto, cabe plantear una pregunta incómoda, pero difícil de eludir: ¿qué ocurre con el pensamiento crítico cuando se disuelven los criterios que permiten distinguir entre afirmaciones mejor o peor justificadas? Si toda forma de conocimiento queda reducida a una narrativa entre otras, ¿desde dónde se ejerce entonces la crítica? ¿Cómo diferenciar el error honesto del fraude, el desacuerdo razonado de la manipulación interesada? La paradoja es evidente: una crítica que renuncia a criterios compartidos, a estándares públicos de justificación, corre el riesgo de volverse autorreferencial, circular y, en última instancia, inofensiva o, en el peor de los casos, en un dogma de fe.
Esta confusión no solo tiene implicaciones teóricas, sino también prácticas. Cuando se mezclan sin distinción los planos conceptuales ontológico, epistemológico, sociológico y ético, como si todos pertenecieran al mismo nivel de análisis, el pensamiento crítico pierde precisión. Por ejemplo, críticas legítimas a los usos sociales, políticos o económicos del conocimiento científico (como la aplicación militar de determinados avances, el uso de los algoritmos en redes sociales como herramientas de control social, o la instalación de parques eólicos en territorios indígenas sin consulta previa) se trasladan sin mediación al plano ontológico, como si denunciar intereses, sesgos o consecuencias éticamente problemáticas implicara que los hechos estudiados (leyes físicas, procesos biológicos o relaciones económicas) dejaran de existir o perdieran validez.
Procede aclarar que la distinción que aquí se hace entre planos ontológico, epistemológico, sociológico y normativo es analítica y no implica compartimentos estancos en la práctica real del conocimiento. Las categorías ontológicas disponibles están mediadas por marcos históricos; los procedimientos epistémicos se institucionalizan socialmente; y las decisiones normativas influyen en la selección de problemas relevantes. Sin embargo, reconocer estas interdependencias no elimina la utilidad de la distinción. Precisamente porque los planos interactúan, resulta necesario diferenciarlos conceptualmente para evitar inferencias indebidas, como deducir de la historicidad del conocimiento la inexistencia de constricciones reales independientes de nuestras descripciones.

Ontología y epistemología: qué existe y cómo lo conocemos
Aquí conviene aclarar dos términos que suelen confundirse. La ontología se refiere a qué existe realmente: si los fenómenos naturales, sociales o económicos poseen una estructura que no depende enteramente de nuestras descripciones, es decir de los discursos que elaboramos sobre ellos. La epistemología, en cambio, se refiere a cómo conocemos esa realidad, con qué herramientas conceptuales y metodológicas, y con qué grado inevitable de falibilidad.
Confundir ambos planos conduce a una inferencia apresurada: del hecho de que nuestro conocimiento sea situado, históricamente configurado, parcial y revisable podría concluirse que la realidad misma es enteramente relativa o indeterminada, que toda descripción es igualmente válida, aunque sea incompatible con explicaciones alternativas, o que no existen criterios públicos de evaluación.
De ahí a los llamados «hechos alternativos«, frecuentes en discursos conspirativos y en usos partidistas de la verdad, solo hay un paso, aunque tal inferencia no sea ni necesaria ni lógicamente sólida, pero que se ven reforzados con el papel de los algoritmos en la creciente polarización social y política gracias a la creación de las «cámaras de eco«. La consecuencia de todo ello es una desconfianza total hacia mediaciones institucionales, la inmunización frente a la refutación, la redefinición de la evidencia como un instrumento de poder, la sustitución de la evaluación pública por la pertenencia identitaria, y el cierre cognitivo del grupo.
Por ejemplo, en ciertos discursos negacionistas se sostiene que los virus no «existen realmente», sino que son construcciones teóricas producidas por laboratorios y sistemas de clasificación biomédica. Dado que su identificación depende de técnicas como la microscopía electrónica, la secuenciación genética o modelos epidemiológicos, se concluye que se trata de entidades puramente instrumentales (plano epistemológico). El salto problemático consiste en inferir de la mediación técnica del conocimiento que no existen agentes biológicos con estructura y efectos independientes de nuestras descripciones (plano ontológico). Que el acceso a un fenómeno esté mediado por instrumentos no implica que el fenómeno sea una ficción conceptual. Esa confusión de planos conduce a una forma de escepticismo ontológico que, paradójicamente, socava la posibilidad misma de crítica empírica y abre la puerta a la equiparación entre conocimiento científico y opinión.
Otras posiciones relativistas más sofisticadas subrayan la contingencia histórica de nuestros estándares de racionalidad. Pero reconocer que los criterios son históricamente configurados no obliga a concluir que todas las afirmaciones sean igualmente defendibles; significa, más bien, que los estándares mismos pueden ser objeto de revisión. El problema analizado aquí no es la historicidad de los criterios, sino su disolución práctica en nombre de la pluralidad.
Frente a tales planteamientos,la adopción de una posición ontológicamente realista no implica suponer un acceso directo, transparente o infalible a la realidad. Tampoco implica postular un fundamento último externo a toda práctica. Implica, más modestamente, asumir que la mejor explicación de la práctica científica es que interactúa con estructuras que no dependen enteramente de nuestras descripciones. Si la realidad fuese puramente discursiva o completamente indeterminada, resultaría difícil explicar por qué ciertos enunciados permiten intervenir eficazmente en el mundo mientras otros fracasan sistemáticamente. No todo es narrativamente maleable. Este realismo es, por tanto, inferencial y falible: no afirma una verdad absoluta, sino la plausibilidad de una estructura independiente que constriñe nuestras teorías, aun cuando estas permanezcan siempre revisables. Esta constricción no se agota en el consenso o en la estabilización institucional de prácticas científicas, sino que se manifiesta en la resistencia de los fenómenos mismos a determinadas intervenciones y predicciones fallidas.

Sociología del conocimiento y evaluación epistémica
Algo similar ocurre cuando se pretende transformar la sociología del conocimiento en un criterio sobre la verdad. Analizar cómo los contextos históricos, institucionales o económicos influyen en la producción científica es necesario. Sin embargo, explicar las condiciones sociales de una teoría no equivale a invalidar su contenido epistémico.
Los debates sobre el cambio climático ilustran este problema. Que los científicos posean valores o afiliaciones políticas no basta para desacreditar consensos construidos mediante replicación independiente, convergencia metodológica y capacidad predictiva. Antes, al contrario, reducir el consenso científico a una correlación de fuerzas ideológicas implica vaciar de contenido el propio concepto de evidencia.
Otro ejemplo puede hallarse en los estudios financiados por la industria tabacalera en los años 60-70 que negaban el vínculo entre tabaco y cáncer. Si bien desde el análisis sociológico, es válido señalar que estos estudios estaban sesgados por conflictos de interés, sin embargo, el consenso científico actual (basado en estudios independientes y replicados) demuestra que el tabaco sí causa cáncer. El contexto social no invalida la evidencia, pero sí exige transparencia y escrutinio.

Confusión ética y moralización del conocimiento
La confusión se agrava aún más cuando estas cuestiones se trasladan al terreno ético.
En el plano de la ética individual, el reconocimiento de la pluralidad de valores y trayectorias vitales invita razonablemente a la tolerancia, la humildad y la moderación del juicio. En el plano de la ética social, en cambio, las sociedades pluralistas necesitan establecer principios normativos comunes que permitan evaluar prácticas, distribuir responsabilidades y proteger bienes colectivos.
Confundir ambos niveles conduce a una forma de relativismo moral que, en nombre del respeto a la diversidad, acaba desarmando la crítica frente a dinámicas injustas o dañinas. A modo de ejemplo, cabe citar la tensión entre libertades individuales y políticas de salud pública: el respeto a las creencias personales no puede anular la necesidad de consensos basados en evidencia para proteger la salud colectiva. Algunas personas rechazan las vacunas por creencias personales (sea por desconfianza en las farmacéuticas, por teorías conspirativas, o por otros motivos), pero las vacunas protegen no solo a individuos concretos, sino también a grupos vulnerables (población infantil, personas mayores, inmunodeprimidas, con exposición laboral directa a animales, o que trabajan en servicios públicos esenciales, como los sanitarios, las fuerzas y cuerpos de seguridad, las fuerzas armadas, etc.). La evidencia muestra que las vacunas salvan vidas (como ha sido el caso de la erradicación de la viruela, o la reducción de la polio). Ante esto, si se priorizan las creencias individuales sobre la evidencia, se ponen en riesgo vidas ajenas.
Existe además otro riesgo: que determinadas categorías normativas, nacidas de preocupaciones éticamente legítimas, adquieran un estatus cuasi sagrado que dificulte su sometimiento a examen argumentativo. Cuando ciertos principios se consideran incuestionables en todos los planos, la discusión deja de orientarse por criterios epistémicos compartidos y pasa a regirse por mecanismos de adhesión moral. A modo de ejemplo, cabe citar la afirmación de que los alimentos orgánicos son siempre más nutritivos, saludables y sostenibles que los convencionales (aunque en algunos casos, el valor nutricional pudiera ser el mismo, a costa de un mayor consumo de tierra para producir el mismo rendimiento), o que los cultivos transgénicos son a priori peligrosos y antinaturales, sin evaluar caso por caso (aunque supongan una reducción en el uso de pesticidas, o el aporte de nutrientes adicionales que podrían ayudar a combatir determinadas enfermedades). Quienes cuestionan algunos supuestos de la agricultura ecológica son etiquetados como «cómplices de las agroquímicas», «enemigos del planeta» o «defensores de los venenos», con lo que el debate se desplaza de lo epistémico («¿qué dice la evidencia?») a lo moral («¿de qué lado estás?»), cerrando la puerta a discusiones sobre asuntos como la elección entre mayores rendimientos o mayores huellas de carbono, o sobre el acceso a alimentos nutritivos para poblaciones vulnerables.
Señalar este riesgo no equivale a relativizar la gravedad de las injusticias denunciadas (como la existencia de monopolios abusivos en la producción de semillas), sino a distinguir entre la fuerza moral de una causa y la validez epistémica de las afirmaciones que se formulan en su nombre (por ejemplo, que todo lo transgénico es malo, sin valorar qué tecnología o método funciona mejor para un problema específico, como la desnutrición o la sequía) Por tal motivo, esta «sacralización sin contrapesos» no fortalece los valores que se pretende defender; al contrario, erosiona los procedimientos que permiten deliberar públicamente sobre su alcance, límites y aplicación. En ausencia de guardarraíles como la distinción entre hechos y valores, entre descripción y prescripción, entre evidencia y compromiso normativo, la crítica corre el riesgo de convertirse en una ortodoxia autorreferencial. El desafío no consiste en debilitar los principios, sino en integrarlos en marcos evaluativos que preserven la posibilidad de desacuerdo razonado.

Consecuencias institucionales y democratización epistémica
Las derivas relativistas no solo afectan al debate teórico, sino también a las instituciones que lo sostienen. Cuando la crítica a la ciencia se formula de manera indiscriminada, puede erosionar los marcos normativos que permiten el desacuerdo racional en sociedades pluralistas.
En el ámbito académico, estas derivas pueden fomentar climas donde la crítica se convierte en desconfianza generalizada hacia cualquier criterio de verdad; la atención a los contextos sociales se traduce en la idea de que todas las explicaciones son equivalentes; y la legítima preocupación ética por las consecuencias del conocimiento se transforma en un juicio moral previo que sustituye al análisis argumentativo. De esta forma, el valor de una intervención se mide más por su alineación simbólica que por su solidez argumentativa. La sospecha preventiva sustituye al debate, y el disenso razonado se interpreta como un indicio de sesgo moral o ideológico, nunca por la posibilidad de error propio ni por la complejidad del fenómeno analizado. En este caso, se olvida que la crítica que no admite crítica acaba convirtiéndose en otro fundamentalismo más.
Existe además una ironía que conviene subrayar. Muchas agendas normativas contemporáneas, como la lucha contra el cambio climático, la reducción de las desigualdades, la defensa de la salud pública o el diseño de políticas basadas en evidencia, dependen de manera crucial de consensos científicos razonablemente estables. Debilitar los criterios epistémicos que permiten evaluar la calidad de la evidencia no fortalece estas agendas; las vuelve más vulnerables frente a la desinformación, el negacionismo o la manipulación interesada.
Del mismo modo, la apelación a estándares públicos de justificación no presupone la existencia de criterios infalibles ni consensos definitivos. Designa, más bien, un conjunto de procedimientos compartidos, como la argumentación explícita, el contraste empírico cuando es pertinente, la coherencia conceptual, o la apertura a la crítica, que permiten someter las afirmaciones a evaluación intersubjetiva. La defensa de tales estándares no es patrimonio de ninguna orientación política ni puede utilizarse selectivamente para deslegitimar agendas con las que se discrepa. Su valor no reside en garantizar certeza, sino en hacer posible el desacuerdo racional y la revisión colectiva. Sin algún tipo de reglas comunes, el conflicto de interpretaciones no se resuelve mediante razones sino mediante la autoridad, la identidad o la fuerza simbólica. Los estándares públicos son, por tanto, condiciones institucionales de la crítica: no clausuran el debate, sino que lo estructuran de modo que pueda sostenerse en el tiempo. Pero tampoco son trascendentales ni ahistóricos, sino que se trata de construcciones revisables.
La historia de la ciencia muestra exclusiones persistentes (geográficas, lingüísticas, de género o de clase) conectadas con asimetrías de poder, incentivos económicos y marcos organizativos concretos que han limitado quién participa en la definición de los problemas relevantes y en la construcción de marcos teóricos. Incluso, en la actualidad, los procesos de revisión por pares, los sistemas de financiación o los mecanismos de acreditación están atravesados por asimetrías estructurales que influyen en qué preguntas se formulan, qué enfoques reciben legitimidad y qué comunidades quedan marginadas. La defensa de la objetividad no puede desligarse de una reflexión sobre estas dinámicas.
Reconocer estas desigualdades no exige renunciar a criterios epistémicos compartidos, sino ampliar los procesos mediante los cuales dichos criterios se deliberan, aplican y revisan. La democratización de la producción del conocimiento no consiste en declarar equivalentes todas las afirmaciones, sino en garantizar que la evaluación pública de las mismas no esté monopolizada por posiciones de poder. Sin esta dimensión institucional, la defensa de la objetividad corre el riesgo de confundirse con defensa del statu quo; pero sin estándares evaluativos, la inclusión degenera en relativismo. El desafío consiste en sostener ambas exigencias simultáneamente.

Realismo crítico y legado ilustrado
Defender la ciencia, tal y como se ha expuesto aquí no implica abrazar un cientifismo ingenuo, ni una adhesión acrítica al legado ilustrado. Se trata más bien de subrayar la importancia de herramientas como los procedimientos públicos, la exigencia de justificación y la separación entre poder (sea político o religioso) y verdad. Reconocer que el conocimiento está socialmente situado no equivale a renunciar a evaluarlo; asumir su falibilidad no implica aceptar cualquier afirmación como igualmente válida. Renunciar a estos presupuestos no conduce a una crítica más radical, sino a una crítica más débil.
Desde esta perspectiva, la alternativa al relativismo es un realismo crítico que reconozca la existencia de una realidad que no se agota en nuestros discursos, que asuma la mediación inevitable de nuestras herramientas cognitivas, que integre el análisis sociológico sin convertirlo en criterio de verdad. Y que distinga, en el plano ético, entre la comprensión de las motivaciones individuales y la evaluación normativa de las consecuencias sociales.

Conclusión
La universidad tiene una responsabilidad particular. Además de formar élites intelectuales, contribuir al avance científico mediante la investigación y transferir el conocimiento a la sociedad, si aspira a ser un espacio de pensamiento crítico, debe preservar las condiciones que lo hacen posible: rigor conceptual, pluralismo metodológico, debate honesto y libertad académica. La crítica pierde su fuerza emancipadora cuando deja de aplicarse a sus propios supuestos y se convierte en una ortodoxia más.
Estas reflexiones no pretenden clausurar debates que, por su naturaleza, deben permanecer abiertos. Aspiran, más modestamente, a reivindicar el discernimiento como virtud intelectual y a recordar que el pensamiento crítico no se fortalece debilitando los criterios de verdad, sino utilizándolos con conciencia, humildad y responsabilidad social. Defender la ciencia significa fortalecer el legado ilustrado y preservar las condiciones del desacuerdo racional en sociedades pluralistas allí donde otros solo ofrecen dogmas y consignas.
Es cierto que, por ejemplo, las decisiones adoptadas durante la pandemia no fueron el resultado automático de aplicar «la ciencia”, sino de la interacción entre evidencia empírica, marcos institucionales, confianza social y deliberación política. Sin embargo, allí donde la evidencia fue sistemáticamente ignorada en nombre de convicciones ideológicas previas, las consecuencias fueron, en términos comparativos, más gravosas. La ciencia no sustituye la política, pero proporciona herramientas indispensables para orientar decisiones colectivas en contextos de incertidumbre.

Lecturas recomendadas:
Chalmers, A. (1990). Science and its fabrication. University of Minnesota Press.
Debray, R. & Bricmont, J. (2004). A la sombra de la Ilustración. Debate entre un filósofo y un científico. Ediciones Paidós Ibérica. Versión original. (2003). À l’ombre des Lumières. Odile Jacob.
Latour, B. & Woolgar, S. (2022). La vida en el laboratorio: la construcción de los hechos científicos. Alianza Editorial. Versión original. (1979). Laboratory Life: The Construction of Scientific Facts. Sage Publications.
Park, R.L. (2001). Ciencia o vudú. De la ingenuidad al fraude científico. Grijalbo Mondadori. Versión original. (1999). Woodoo Science. Oxford University Press.
Sokal, A. (2009). Más allá de las imposturas intelectuales. Ciencia, filosofía y cultura. Ediciones Paidós Ibérica. Versión original. (2008). Beyond the Hoax: Science, Philosophy and Culture. Oxford University Press.

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La universidad en disputa: técnica, crítica y sociedad

Entre la técnica y la emancipación: ¿qué universidad estamos construyendo? Una reflexión crítica sobre formación, mercado y responsabilidad intelectual en la educación superior.

Biblioteca General de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC, 2003)

Nota aclaratoria: este texto es una adaptación de mi participación en un debate mantenido durante la 13th Spanish CSEAR Conference, celebrado en 2021, que fue objeto de publicación posteriormente en Social and Environmental Accountability Journal (1)

Si usted es académico, permítame compartir algunas reflexiones sobre nuestra responsabilidad como mentores de las nuevas generaciones que llaman a las puertas de la universidad en busca (todavía) de la luz de la sabiduría. Estas reflexiones no pretenden erigirse en una posición ideológica cerrada ni ofrecer respuestas definitivas, sino contribuir a un debate honesto sobre los fines de la universidad en sociedades pluralistas y complejas. Asumo que mi punto de vista es necesariamente parcial, y que las tensiones que planteo no tienen soluciones fáciles, pero confío en que pueda servir como una invitación al diálogo, más que como afirmación doctrinal, igualmente alejada del dogmatismo y del escepticismo.

Para empezar, quisiera plantear una pregunta fundamental: ¿cuál creemos que debe ser la finalidad última de la formación y la investigación universitarias?

¿Se trata únicamente de dotar a los jóvenes de habilidades especializadas que les permitan acceder a un empleo remunerado en una profesión concreta? Sin duda, una de las funciones históricas de la universidad ha sido formar expertos capaces de sostener técnica y profesionalmente sociedades cada vez más complejas, como es el caso de los médicos, ingenieros, juristas, o economistas. No hay nada intrínsecamente reprochable en ello. Es razonable esperar, por ejemplo, que un asesor fiscal conozca la legislación vigente y sepa preparar correctamente una declaración de impuestos. Sin embargo, esta orientación eminentemente técnica puede derivar (y a menudo lo hace) en la preservación acrítica del statu quo.

La alternativa, no menos ambiciosa, consiste en concebir la universidad como un espacio para la formación de mentes inspiradas, independientes y críticas, capaces de desenvolverse en entornos dinámicos, de identificar los límites explícitos e implícitos del conocimiento vigente y de trascenderlos, ya sea en la física, la ingeniería, la economía o la contabilidad, por citar algunos ejemplos. Pero esta concepción tampoco está exenta de tensiones. Si la formación de futuros académicos y profesionales no se entiende como algo relativamente estable, sino como un proceso siempre abierto a revisión, ¿cómo gestionar el riesgo de una contestación permanente? Estudiantes que cuestionan sistemáticamente todo (incluidos los planes de estudio o los horarios de clase) difícilmente podrán cumplir con las tareas asignadas o integrarse como miembros “productivos” de la sociedad.

La conciliación de estos objetivos, en apariencia contradictorios, constituye un desafío tanto para los estudiantes (de grado y de posgrado) como para nosotros mismos. Al fin y al cabo, hemos sido formados dentro de una determinada ortodoxia profesional, y nuestros recursos pedagógicos y metodológicos suelen ser limitados para ofrecer experiencias educativas que fomenten una auténtica apertura intelectual.

Este problema resulta especialmente visible en algunas Facultades de Administración de Empresas, donde a menudo el pensamiento crítico apenas encuentra espacio. Se cuestiona poco el supuesto orden “natural” de las cosas; se explora insuficientemente lo que hay más allá de las reglas técnicas; se presta escasa atención a las fuerzas ocultas, a las causas profundas y a las consecuencias sociales de determinadas prácticas, o a la ideología implícita en algunos dogmas económicos que no pasan de ser, como señalaba John Kenneth Galbraith, simple “sabiduría convencional”. Esto no significa, por supuesto, que no existan excepciones ni experiencias académicas valiosas en este ámbito, sino que la tendencia dominante merece, en mi opinión, una reflexión crítica más profunda.

A mi juicio, este es un asunto nuclear en nuestro papel como docentes e investigadores. Me temo que, tanto desde los poderes públicos como desde amplios sectores del mundo empresarial, existe una clara voluntad de presentar la universidad como una institución puramente técnica, neutral y supuestamente objetiva, en la que el consenso científico se percibe como un dogma de fe y no como el resultado siempre provisional, incompleto e imperfecto de una búsqueda incesante de la verdad.

Esta tendencia se inscribe en una visión crecientemente mercantil del mundo y del ser humano, adornada con los nuevos ropajes del emperador: expresiones como “capitalismo de rostro humano” o “capitalismo verde” son buena muestra de ello.  Nada de esto implica negar el papel fundamental que la empresa, el mercado o la formación técnica han tenido (y siguen teniendo) en el progreso material, científico y tecnológico de nuestras sociedades. El problema no es el mercado en sí, sino reducir la misión de la universidad a ser su proveedora de mano de obra técnica. Lo que quiero es llamar la atención de que, en este marco, se nos asigna la misión de satisfacer las supuestas “verdaderas demandas” del mercado, mientras que la educación crítica, ética y humanística es presentada como un lujo prescindible o, peor aún, como un despilfarro de recursos.

No es difícil ver cómo el discurso mercantilista sirve de coartada para modelos educativos iliberales, caracterizados por una retórica agresiva, el uso estratégico de hechos alternativos y diversas formas de revisionismo. A veces el proceso es explícito; otras, más sutil. El resultado, en cualquier caso, es que enfoques alternativos (que en muchos casos sí son ciencia) pueden ser estigmatizados como “extremistas” o, en el mejor de los casos, como bienintencionados pero irrealizables.

Nada de esto es casual. En mi opinión, estamos ante un ataque directo a la línea de flotación de los fundamentos mismos del proyecto ilustrado, como tradición que defiende la razón, la autonomía individual y el progreso basado en el debate crítico. Se nos dice que vivimos una oportunidad histórica para que todo cambie a mejor, pero no estoy convencido de que el mundo (o, al menos, quienes detentan el poder) deseen realmente ese cambio. Si crisis de la magnitud de la pandemia de la COVID-19 o del cambio climático no han sido capaces de unir a la ciudadanía en torno a objetivos comunes, ¿qué podría lograrlo?

A pesar de este diagnóstico pesimista, sigo creyendo que, como docentes e investigadores, tenemos el deber de desafiar cualquier deriva totalitaria, venga de donde venga, y de resistir el adoctrinamiento y la represión intelectual, tanto explícitos como implícitos, con frecuencia camuflados bajo el paraguas de la ortodoxia económica. Cuando hablo de tendencias totalitarias no me refiero necesariamente a regímenes políticos formales, sino a dinámicas culturales que restringen el debate legítimo, penalizan la disidencia razonada o sustituyen la argumentación por la lealtad identitaria.

Nuestra responsabilidad con las generaciones más jóvenes es enorme. A mi entender, hay un camino que considero imprescindible: promover entre nuestros estudiantes de grado y posgrado, en primer lugar, el libre pensamiento, que considero incluso más importante que la libertad de expresión. Esto no implica restar valor a la libertad de expresión, pues libertad de expresión y libre pensamiento son dos caras de la misma moneda: la primera protege el derecho a decir lo que se piensa; la segunda, la capacidad de pensarlo con rigor. Se trata de subrayar que, sin pensamiento crítico, la libre expresión puede vaciarse de contenido (basta con observar el clima de muchas redes sociales, pobladas de haters, trolls y hooligans digitales). En segundo lugar, la igualdad en términos de derechos, dignidad y deberes. Finalmente, el respeto y el cuidado por los demás y por el planeta, es decir, la compasión y la fraternidad entre todos los seres humanos, con independencia de su origen, su raza o sus creencias.

Los términos “libre pensamiento” y “pensamiento crítico” suelen emplearse como sinónimos, y no sin razón. No obstante, el primero puede entenderse en un sentido más amplio. Un libre pensador debería aspirar a buscar la verdad (sea cual sea) guiado por la razón, la lógica, los hechos y una conciencia reflexiva de sus propios dogmas ideológicos, prejuicios y lugares comunes. Reconozco que, especialmente en las ciencias sociales, esta definición responde a una visión idealizada difícilmente alcanzable en la práctica académica, y que no existe una única vía para aproximarse a la verdad, si es que tal cosa existe. Aun así, esta aspiración debería funcionar como una brújula que oriente nuestro trabajo y nos ayude a liberarnos de formas de pensamiento totalitario.

Ahora bien, el pensamiento crítico no es éticamente neutro. La igualdad y la fraternidad operan como límites normativos del libre pensamiento, dotándolo de sentido y finalidad. Cabe entonces preguntarse: ¿pensar libremente para qué y para quién? Desde esta perspectiva, el pensamiento crítico es un valor compartido por quienes creen en el debate abierto y honesto como vía para mejorar las condiciones económicas, sociales y ambientales de nuestras sociedades. Por otra parte, cuestionar críticamente no equivale a rechazar toda estructura ni toda exigencia académica. La crítica no implica relativismo: no se trata de afirmar que «todo vale», sino de someter las ideas a escrutinio riguroso, sean técnicas o éticas, pues como señalaba Karl Popper, el conocimiento avanza cuando nuestras creencias son puestas a prueba. La crítica fecunda necesita marcos, responsabilidades y esfuerzo sostenido.

No se trata de fundar una nueva religión ni de crear un partido político. Esa no es (ni debe ser) nuestra misión como académicos. Pero sí tenemos la obligación moral de retirar las anteojeras a nuestros estudiantes y de ofrecerles herramientas intelectuales que les permitan desarrollar un espíritu crítico tan sólido que incluso sean capaces de cuestionar aquello que nosotros mismos les enseñamos.

Como académicos, nos enorgullecemos de producir ciencia. Pero ¿de qué sirve formar ingenieros que no reflexionan sobre el impacto ambiental de sus diseños, médicos que ignoran las desigualdades en el acceso a la salud o economistas que no cuestionan las consecuencias sociales de sus modelos? La excelencia técnica y la miopía ética son una combinación peligrosa. A este respecto, conviene preguntarse si estamos cumpliendo plenamente nuestra misión cuando nos limitamos a formar profesionales altamente especializados, pero amputados de su capacidad de pensar críticamente, y nos centramos en debatir entre nosotros trabajos brillantes que acabarán publicados en revistas leídas, casi exclusivamente, por otros académicos.

El contexto está cambiando, y creo que debemos ser más selectivos y reflexivos tanto en nuestra docencia como en nuestra investigación. Necesitamos líneas de trabajo que se traduzcan en un impacto social y medioambiental real y saludable, no solo para el presente, sino también para el futuro. No olvidemos que rendimos cuentas a la sociedad, pero también a nuestros estudiantes. Ellas y ellos serán algún día profesionales, académicos o responsables políticos y, sobre todo, ciudadanas y ciudadanos activos. Por tal motivo, la universidad no debe ser técnica o crítica, sino técnica y crítica; de lo contrario, dejará de ser un actor relevante para la sociedad. Tenemos un gran poder, pero no olvidemos que todo gran poder conlleva, inevitablemente, una gran responsabilidad.

  1. Correa Ruiz, C., Déniz Mayor, J.J., Descalzo Ruiz, N. & Dillard, J. (2023). The Role of the Social and Environmental Accounting Community ‘Post’ Pandemic. Social and Environmental Accountability Journal, 43(1), 56-81. https://doi.org/10.1080/0969160X.2023.2169318 ↩︎

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Tolerancia, pluralidad y responsabilidad

La tolerancia es una de las virtudes más invocadas en nuestras sociedades pluralistas, aunque no siempre reflexionada en toda su complejidad. Comparto aquí algunas consideraciones sobre la tolerancia como actitud intelectual, sus límites y su papel en la convivencia democrática.

Freedom of Speech (Norman Rockwell, 1943)

La tolerancia puede entenderse como la disposición a moderar el juicio, a contener la palabra y a perdonar los defectos ajenos; pero también (y quizá esto es lo más importante) como la aceptación de la pluralidad de visiones sobre una misma realidad. En este sentido, tolerar implica reconocer el derecho al libre pensamiento y asumir que la discrepancia no empobrece el debate, sino que lo fecunda. Como se ha dicho con acierto, «tu discrepancia me enriquece».

Nada resulta más estéril para una comunidad que la uniformidad intelectual. Ya advertía Lao Tse que «cuando todo el mundo sabe que lo bueno ‘es bueno’, esto no es bueno». No es casual, por tanto, que buena parte del pensamiento contemporáneo haya alertado contra el llamado Pensamiento Único, el Fin de la Historia o el Fin de las Ideologías: expresiones distintas de una misma preocupación por la sumisión acrítica a formas de pensamiento que, bajo una apariencia de consenso, esconden dinámicas empobrecedoras del juicio. La existencia de opciones diversas no es una amenaza para el conocimiento, sino uno de sus motores fundamentales.

Ahora bien, reconocer el valor de la pluralidad no equivale a otorgar legitimidad indiscriminada a cualquier opinión. De hacerlo, caeríamos en dos derivas problemáticas: el relativismo extremo y la legitimación del egoísmo individual. Si toda opinión es igualmente válida, ¿con qué criterios podríamos cuestionar a quien decide guiarse exclusivamente por sus intereses más bajos?

Desde esta lógica se ha afirmado, no pocas veces, que «la verdad es la suma de todas las verdades individuales». Sin embargo, basta llevar esta idea a sus últimas consecuencias para advertir su inconsistencia. ¿Cómo construir una verdad común a partir de afirmaciones mutuamente contradictorias, como que algo sea y no sea al mismo tiempo, que la Tierra gire alrededor del Sol y permanezca inmóvil en el centro del universo, que Dios exista y no exista? Esta concepción no es sino una lectura simplificada y errónea de ciertos postulados científicos, invocados con frecuencia más como recurso retórico que como fundamento riguroso, como ocurre con el célebre experimento mental del gato de Erwin Schrödinger. En su uso vulgar, el relativismo acaba funcionando más como una coartada para eludir el debate que como una apertura genuina al conocimiento.

En el extremo opuesto, nuestras sociedades también ofrecen ejemplos de negación de la pluralidad: el recurso al argumento de autoridad, que infantiliza al interlocutor, o la apelación acrítica a la tradición, especialmente paradójica en contextos que se proclaman avanzados y racionales. Ambos mecanismos sustituyen el diálogo por la imposición y la reflexión por la obediencia.

Conviene recordar, en este punto, nuestra condición de seres imperfectos. Si ante la higuera que da malos frutos es legítimo recurrir al rigor y la severidad, el trato con quienes buscan honestamente la verdad debería estar guiado por la magnanimidad, esa grandeza de ánimo que, en el plano moral, se traduce en tolerancia. Reconocer nuestras limitaciones no implica renunciar a la búsqueda de la verdad, sino aceptar que nuestro acceso a ella es siempre parcial y perfectible.

No todas las tradiciones coinciden en sus respuestas, pero sí en una distinción fundamental: no es lo mismo negar deliberadamente el bien que buscarlo de manera imperfecta. La parábola del buen samaritano ilustra con claridad esta idea. Aquel hombre, considerado cismático e idólatra por los judíos, fue reconocido como el verdadero creyente no por su corrección doctrinal, sino por su capacidad de entregarse al prójimo. Del mismo modo, Ibn ‘Arabî advertía que «aquel que sostiene que su forma de ver y de expresarse es la única verdadera está movido, no por la visión de Dios, sino por el orgullo espiritual.»

¿Qué consecuencias prácticas se derivan de estas reflexiones? En primer lugar, la renuncia al gesto autosuficiente del «ya te lo dije» cuando el otro rectifica. Cabe siempre la posibilidad de que quien parecía errar estuviera más cerca de lo verdadero que nosotros mismos. El error ajeno no confirma automáticamente nuestra razón, pues ante un mismo fenómeno caben interpretaciones múltiples que trascienden el simplismo del blanco o negro. La realidad se despliega en una gama de matices que, lejos de empobrecerla, la hacen más rica y emocionante.

Desde esta perspectiva, la tolerancia es ante todo una actitud intelectual: la capacidad de asumir la coexistencia de visiones distintas sobre una misma realidad. No se trata, por tanto, de un principio aplicable sin más a cualquier conducta, aunque sí puede operar como un factor moderador en la convivencia social.

Surge entonces una cuestión inevitable: ¿existen límites para la tolerancia? ¿Debe aplicarse de forma incondicional, al margen de las circunstancias y de las consecuencias de aquello que se tolera? Estos límites no pueden derivarse de la cosmovisión particular de un grupo, ni de convicciones privadas o ideológicas, sino de principios públicamente argumentables, revisables y sometidos a deliberación democrática. No está de más recordar que esta tensión entre la apertura al pluralismo y la necesidad de preservar las condiciones mismas de la convivencia democrática ya fue formulada con especial claridad por Karl Popper al reflexionar sobre la paradoja de la tolerancia en la sociedad abierta.

Tal vez una imagen pueda ayudarnos a pensar esta cuestión. La sociedad se asemeja a un gran edificio construido con piezas diversas; algunas son más pequeñas, otras son más bonitas, todas distintas, ninguna idéntica. Sin embargo, no todas las prácticas ni todos los discursos pueden ocupar cualquier lugar en el entramado social, no por la dignidad de quienes los sostienen, que es incondicional, sino por los efectos que generan sobre el conjunto.

Del mismo modo que no cocinaríamos con alimentos en mal estado ni daríamos el alta médica a quien padece una enfermedad grave y contagiosa, las sociedades democráticas no pueden tolerar dinámicas que socaven la libertad humana, la igualdad de derechos y deberes o la relación fraterna entre los seres humanos. La tolerancia no exime de responsabilidad moral: comprender no equivale a justificar. En este sentido, la célebre frase atribuida a Winston Churchill, según la cual estaría dispuesto a dar la vida por el derecho de alguien a expresar ideas que no comparte, requiere matización. No toda idea es respetable, lo que debe ser siempre respetada es la dignidad de la persona que la expresa.

Algo similar ocurre con la consigna de «sumar y no restar». La pregunta pertinente no es si debemos sumar, sino qué debemos sumar. En las organizaciones, la diversidad es fecunda cuando quienes piensan distinto comparten el compromiso con el bien común. No ocurre lo mismo cuando el único criterio de éxito es la egoísta acumulación de méritos personales desvinculados del desarrollo humano propio y ajeno, o cuando ante la falta de respaldo a determinadas propuestas, se recurre al descrédito y la desestabilización del marco común, en lugar de asumir las reglas deliberativas compartidas. La contradicción entre el reconocimiento formal y la pobreza ética acaba haciéndose visible.

Distinguir cuándo es necesario ser tolerante y cuándo resulta imprescindible no serlo constituye uno de los problemas más arduos de las democracias. Más aún cuando uno de sus principios básicos es permitir que incluso quienes las cuestionan puedan hacerlo por vías pacíficas. Esta exigencia, sin embargo, no puede aplicarse de forma simétrica en contextos marcados por profundas desigualdades de poder, donde no todas las voces tienen el mismo peso ni las mismas consecuencias.

Con todo, parece razonable sostener que existen ciertos mínimos comunes no negociables, como son la dignidad humana, la responsabilidad, la búsqueda honesta de la verdad o el respeto a la ley, sin los cuales la convivencia se disuelve.

Estas reflexiones no aspiran a ofrecer criterios automáticos ni soluciones cerradas, sino a reivindicar el discernimiento como virtud cívica en tiempos de consignas, y la tolerancia como un ejercicio exigente, no como un eslogan vacío. Solo desde el reconocimiento humilde de nuestras propias limitaciones es posible aspirar a una unidad que no anule la diversidad. Mientras no existan dos personas iguales, difícilmente puede haber dos caminos idénticos hacia una misma meta.

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