La tolerancia es una de las virtudes más invocadas en nuestras sociedades pluralistas, aunque no siempre reflexionada en toda su complejidad. Comparto aquí algunas consideraciones sobre la tolerancia como actitud intelectual, sus límites y su papel en la convivencia democrática.

La tolerancia puede entenderse como la disposición a moderar el juicio, a contener la palabra y a perdonar los defectos ajenos; pero también (y quizá esto es lo más importante) como la aceptación de la pluralidad de visiones sobre una misma realidad. En este sentido, tolerar implica reconocer el derecho al libre pensamiento y asumir que la discrepancia no empobrece el debate, sino que lo fecunda. Como se ha dicho con acierto, «tu discrepancia me enriquece».
Nada resulta más estéril para una comunidad que la uniformidad intelectual. Ya advertía Lao Tse que «cuando todo el mundo sabe que lo bueno ‘es bueno’, esto no es bueno». No es casual, por tanto, que buena parte del pensamiento contemporáneo haya alertado contra el llamado Pensamiento Único, el Fin de la Historia o el Fin de las Ideologías: expresiones distintas de una misma preocupación por la sumisión acrítica a formas de pensamiento que, bajo una apariencia de consenso, esconden dinámicas empobrecedoras del juicio. La existencia de opciones diversas no es una amenaza para el conocimiento, sino uno de sus motores fundamentales.
Ahora bien, reconocer el valor de la pluralidad no equivale a otorgar legitimidad indiscriminada a cualquier opinión. De hacerlo, caeríamos en dos derivas problemáticas: el relativismo extremo y la legitimación del egoísmo individual. Si toda opinión es igualmente válida, ¿con qué criterios podríamos cuestionar a quien decide guiarse exclusivamente por sus intereses más bajos?
Desde esta lógica se ha afirmado, no pocas veces, que «la verdad es la suma de todas las verdades individuales». Sin embargo, basta llevar esta idea a sus últimas consecuencias para advertir su inconsistencia. ¿Cómo construir una verdad común a partir de afirmaciones mutuamente contradictorias, como que algo sea y no sea al mismo tiempo, que la Tierra gire alrededor del Sol y permanezca inmóvil en el centro del universo, que Dios exista y no exista? Esta concepción no es sino una lectura simplificada y errónea de ciertos postulados científicos, invocados con frecuencia más como recurso retórico que como fundamento riguroso, como ocurre con el célebre experimento mental del gato de Erwin Schrödinger. En su uso vulgar, el relativismo acaba funcionando más como una coartada para eludir el debate que como una apertura genuina al conocimiento.
En el extremo opuesto, nuestras sociedades también ofrecen ejemplos de negación de la pluralidad: el recurso al argumento de autoridad, que infantiliza al interlocutor, o la apelación acrítica a la tradición, especialmente paradójica en contextos que se proclaman avanzados y racionales. Ambos mecanismos sustituyen el diálogo por la imposición y la reflexión por la obediencia.
Conviene recordar, en este punto, nuestra condición de seres imperfectos. Si ante la higuera que da malos frutos es legítimo recurrir al rigor y la severidad, el trato con quienes buscan honestamente la verdad debería estar guiado por la magnanimidad, esa grandeza de ánimo que, en el plano moral, se traduce en tolerancia. Reconocer nuestras limitaciones no implica renunciar a la búsqueda de la verdad, sino aceptar que nuestro acceso a ella es siempre parcial y perfectible.
No todas las tradiciones coinciden en sus respuestas, pero sí en una distinción fundamental: no es lo mismo negar deliberadamente el bien que buscarlo de manera imperfecta. La parábola del buen samaritano ilustra con claridad esta idea. Aquel hombre, considerado cismático e idólatra por los judíos, fue reconocido como el verdadero creyente no por su corrección doctrinal, sino por su capacidad de entregarse al prójimo. Del mismo modo, Ibn ‘Arabî advertía que «aquel que sostiene que su forma de ver y de expresarse es la única verdadera está movido, no por la visión de Dios, sino por el orgullo espiritual.»
¿Qué consecuencias prácticas se derivan de estas reflexiones? En primer lugar, la renuncia al gesto autosuficiente del «ya te lo dije» cuando el otro rectifica. Cabe siempre la posibilidad de que quien parecía errar estuviera más cerca de lo verdadero que nosotros mismos. El error ajeno no confirma automáticamente nuestra razón, pues ante un mismo fenómeno caben interpretaciones múltiples que trascienden el simplismo del blanco o negro. La realidad se despliega en una gama de matices que, lejos de empobrecerla, la hacen más rica y emocionante.
Desde esta perspectiva, la tolerancia es ante todo una actitud intelectual: la capacidad de asumir la coexistencia de visiones distintas sobre una misma realidad. No se trata, por tanto, de un principio aplicable sin más a cualquier conducta, aunque sí puede operar como un factor moderador en la convivencia social.
Surge entonces una cuestión inevitable: ¿existen límites para la tolerancia? ¿Debe aplicarse de forma incondicional, al margen de las circunstancias y de las consecuencias de aquello que se tolera? Estos límites no pueden derivarse de la cosmovisión particular de un grupo, ni de convicciones privadas o ideológicas, sino de principios públicamente argumentables, revisables y sometidos a deliberación democrática. No está de más recordar que esta tensión entre la apertura al pluralismo y la necesidad de preservar las condiciones mismas de la convivencia democrática ya fue formulada con especial claridad por Karl Popper al reflexionar sobre la paradoja de la tolerancia en la sociedad abierta.
Tal vez una imagen pueda ayudarnos a pensar esta cuestión. La sociedad se asemeja a un gran edificio construido con piezas diversas; algunas son más pequeñas, otras son más bonitas, todas distintas, ninguna idéntica. Sin embargo, no todas las prácticas ni todos los discursos pueden ocupar cualquier lugar en el entramado social, no por la dignidad de quienes los sostienen, que es incondicional, sino por los efectos que generan sobre el conjunto.
Del mismo modo que no cocinaríamos con alimentos en mal estado ni daríamos el alta médica a quien padece una enfermedad grave y contagiosa, las sociedades democráticas no pueden tolerar dinámicas que socaven la libertad humana, la igualdad de derechos y deberes o la relación fraterna entre los seres humanos. La tolerancia no exime de responsabilidad moral: comprender no equivale a justificar. En este sentido, la célebre frase atribuida a Winston Churchill, según la cual estaría dispuesto a dar la vida por el derecho de alguien a expresar ideas que no comparte, requiere matización. No toda idea es respetable, lo que debe ser siempre respetada es la dignidad de la persona que la expresa.
Algo similar ocurre con la consigna de «sumar y no restar». La pregunta pertinente no es si debemos sumar, sino qué debemos sumar. En las organizaciones, la diversidad es fecunda cuando quienes piensan distinto comparten el compromiso con el bien común. No ocurre lo mismo cuando el único criterio de éxito es la egoísta acumulación de méritos personales desvinculados del desarrollo humano propio y ajeno, o cuando ante la falta de respaldo a determinadas propuestas, se recurre al descrédito y la desestabilización del marco común, en lugar de asumir las reglas deliberativas compartidas. La contradicción entre el reconocimiento formal y la pobreza ética acaba haciéndose visible.
Distinguir cuándo es necesario ser tolerante y cuándo resulta imprescindible no serlo constituye uno de los problemas más arduos de las democracias. Más aún cuando uno de sus principios básicos es permitir que incluso quienes las cuestionan puedan hacerlo por vías pacíficas. Esta exigencia, sin embargo, no puede aplicarse de forma simétrica en contextos marcados por profundas desigualdades de poder, donde no todas las voces tienen el mismo peso ni las mismas consecuencias.
Con todo, parece razonable sostener que existen ciertos mínimos comunes no negociables, como son la dignidad humana, la responsabilidad, la búsqueda honesta de la verdad o el respeto a la ley, sin los cuales la convivencia se disuelve.
Estas reflexiones no aspiran a ofrecer criterios automáticos ni soluciones cerradas, sino a reivindicar el discernimiento como virtud cívica en tiempos de consignas, y la tolerancia como un ejercicio exigente, no como un eslogan vacío. Solo desde el reconocimiento humilde de nuestras propias limitaciones es posible aspirar a una unidad que no anule la diversidad. Mientras no existan dos personas iguales, difícilmente puede haber dos caminos idénticos hacia una misma meta.